Efecto retro: los miedos argentinos están de vuelta
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Inflación, desempleo, inseguridad y otros nuevos males, como el dengue y las pandemias, se han hecho carne en los argentinos, que ya acusan el reciente golpe de la gripe A: en los centros de salud aumentaron las demandas de atención psicológica y los expertos ven proliferar trastornos de ansiedad similares a los que se registraron tras la crisis de 2002.
Mientras merma la producción del cotizado alcohol en gel para dejarle lugar en las góndolas al suntuario repelente de mosquitos, voces globales advierten que la pandemia de gripe A no retrocedió sino que simplemente está tomando impulso para dar un nuevo salto. Si esto sucede, la Argentina volverá a cubrirse de gel y repelente, ahora juntos.
Una crisis viene a tapar otra y un miedo nuevo está dispuesto a tomar el lugar del anterior, solapándose e impregnando a la sociedad argentina de nuevos motivos de preocupación. En el último cuarto de siglo, hubo miedos bien definidos: a perder la recién recuperada democracia, a la inflación, a la hiperinflación, al desempleo, a los saqueos, a perder los ahorros, a la inseguridad, al dengue, al estallido. Al menguante miedo al contagio de la gripe A se le suma la preocupación por la vuelta al dengue y el temor a perder el empleo, porque hay miedos cíclicos.
“La Argentina tiene memoria frágil, pero todo queda en el inconsciente”, dice el sociólogo Gustavo Gamallo, magister en Políticas sociales de la UBA y profesor del ESEADE. La repetición de crisis económicas, sociales y de salud ha transformado la vida de los argentinos y, lejos de la creencia popular de que somos resistentes a todo y de que podemos enseñarle al mundo cómo sobrevivir, el cuerpo social muestra secuelas del abuso de adrenalina.
Con un promedio de unas 2.000 admisiones mensuales de pacientes que solicitan tratamiento psicológico o psiquiátrico, el Centro Privado de Psicoterapias que dirige el doctor Pablo Hirsch es un termómetro de la evolución de la salud emocional. “Tras una baja importante en julio, se recuperó el flujo de la demanda y estamos en unas 2.200 admisiones promedio en este mes de agosto, un 10 por ciento más, con personas que buscan contención para afrontar la ansiedad que les produjo la pandemia”, explica Hirsch, y recuerda que esa retracción en la demanda se produjo en pleno pico de la gripe A, mientras la gente absorbía el impacto.
En su libro Lo disruptivo, publicado en 2003, el psicoanalista Mordechai Benyakar -que participó activamente en la asistencia a damnificados en el atentado a la AMIA, la explosión de la planta de Río Tercero y otras catástrofes- habla de las amenazas individuales y colectivas que enfrenta la psiquis en esos momentos. “El contagio mental es, en principio, afectivo: el miedo y las emociones ajenas son en sí mismas contagiosas y la reacción afectivo-motriz precede a la decisión mental”.
Benyakar describe situaciones que favorecen la vulnerabilidad de las sociedades con un escenario que se palpó en la Argentina: “Los grupos pueden volverse vulnerables al pánico en lugares cerrados o muy poblados, por la falta de información o datos confusos y rumores alarmantes que no pueden ser confirmados o refutados, la conciencia de que no se está preparado para enfrentar situaciones de peligro y el alcance planetario de los medios de comunicación que, a partir de la guerra del Golfo, terminaron con la idea de que la única población afectada es la que habita o tiene intereses en el área de desastre”.
Según explica Ana Pampliega de Quiroga, psicóloga social y directora de la Escuela de Psicología Social fundada por Enrique Pichon- Rivière, la sucesión de las crisis conduce a un proceso de fragilización de las personas. “Todos proyectamos y tenemos expectativas sobre una forma de vida. Los hechos que ocurren y cómo son presentados -muchas veces de manera vociferante por los medios y las autoridades- nos dejan a merced de los acontecimientos. Eso atenta contra la posibilidad de hacer planes, de proyectar el futuro”.
Un factor desestructurante para la sociedad es la vuelta de monstruos que creía archivados para siempre. “Creíamos dejadas atrás las pandemias y las grandes crisis económicas en el nivel global. Creíamos dejadas atrás la desocupación, la inseguridad y otros males aquí. Y nada de eso sucedió -repasa Quiroga-. Freud pensó en un término que aplica a esto, él hablaba de lo siniestro, que es aquello que uno cree que ha dejado atrás y reaparece”.
Para la experta, los trastornos de ansiedad son dominantes en este momento aunque todavía no hay presencia fuerte de la depresión en la población, como sí la hubo entre fines de los ‘90 y principios del 2000, donde muchos habían sufrido pérdidas materiales importantes. “Pánico, stress, violencia e imposibilidad de sostener un vínculo son los emergentes de este momento para la sociedad”, enumera.
La pandemia de gripe A, a la que varios de los analistas consultados comparan con la peste apocalíptica, enfrenta a la sociedad con su fragilidad y su dependencia de un arsenal científico en el que confiaba ciegamente y que tal vez no tenga todas las soluciones disponibles en tiempo y forma. “Las noticias indican que habrá que esperar y que (el año próximo) puede que no haya suficientes medicamentos para todos, que sólo los tendrán los países centrales y que no llegarán a la Argentina la cantidad de dosis necesarias. Todos estos son mensajes muy fuertes y difíciles de asimilar”, apunta Ana Quiroga.
Graciela Peyrú, médica psiquiatra de la UBA y presidenta de la Fundación para la Salud Mental, apoya la visión de un estado de fragilidad y considera indispensable para la sociedad contar con voces de autoridad como referentes. “Cuando se entra en shocks como los de esta pandemia, es necesario confiar en que las autoridades nos estarán cuidando, y si precisamente ellos no nos resultan confiables, aumenta la incertidumbre y se multiplican los casos de pánico, fobia y crisis de ansiedad, que no están justificados por el número de casos ni por el número de muertos registrados por la gripe A”.
Para Peyrú, en la actualidad convergen ansiedades que ya estaban presentes en el cuerpo social y que se combaten con automedicación primero -ansiolíticos, antidepresivos, antihipertensivos y antiulcerosos- y, en algunos casos, con pedidos de ayuda terapéutica.
“En general nos sentimos invulnerables y con el brote de la pandemia aparecen las contradicciones, no demandamos la construcción de redes médicas adecuadas, no les pagamos a los médicos lo suficiente y les pedimos invulnerabilidad cuando nos hacen falta”, apunta Peyrú.
Las epidemias y pandemias son problemas relativamente nuevos en el país, pero las crisis económicas son viejas conocidas y han dejado las mayores secuelas en la población. Según los expertos, el alto desempleo y la inflación son las armas que han dejado las mayores heridas en el cuerpo social argentino.
“Muchas personas quedaron con inseguridad personal y temores acerca del futuro después de la crisis de 2001 y ahora lo reviven, esto afecta a los mayores de 60 años que se sienten desamparados sobre sus medios de sustento. Los mayores sufren crisis de ansiedad profunda y depresiones ansiosas que se están viendo mucho en la tercera edad. Y los jóvenes tienen ataques de pánico y transtornos generalizados de ansiedad, y usan recursos de automedicación para estabilizarse”, explica Graciela Peyrú.
La inflación incide en la vida cotidiana y afecta la psiquis argentina en varios niveles. En metáforas monetarias, no resulta gratis para la salud ver retroceder la capacidad adquisitiva en el supermercado o que aumenten 400% las facturas de un día para el otro, aunque luego se revea y se recorten los alcances del tarifazo, como sucedió con los servicios de gas y electricidad.
El sociólogo Gustavo Gamallo, de la UBA y de ESEADE, cree que un aporte para restablecer la astillada confianza social y combatir los miedos es que las autoridades tomen el liderazgo informativo. “La desprotección de los individuos se basa en que nadie se ocupa hasta que los hechos están aquí, en la pandemia hubo ausencia de los medicamentos, faltaron planes coordinados y un sistema público fuerte que cobije a los que están en problemas. Tanto en las crisis de salud como en las económicas o sociales, en general las medidas son posteriores a los hechos, y ahí es fundamental lo público”.
“En el caso de la gripe es una sensación colectiva más fuerte, nos toca a todos, esto debería llevarnos a la reflexión sobre qué pasa con los sistemas públicos de información porque estos problemas no se pueden resolver individualmente. Falta compromiso con el sistema público y nos damos cuenta de que lo público no funciona”, agrega Gamallo.
La conclusión general de los expertos es pragmática. Las crisis como ésta sucedieron antes y volverán a suceder, está en manos de los individuos reclamar a las autoridades que cumplan con su papel y, en lo personal, reforzar sus recursos para atravesarlas sin perder grados de libertad. z we
Laura Ferrarese
Fuente: Cronista
31.08.09
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