Presionar a las farmacéuticas para que donen vacunas tiene sus riesgos

Como fabricar vacunas requiere una intensiva inversión de capital, puede conducir a que se frene la producción. Motivación comercial e imperativo humanitario: una difícil combinación

Regalar productos, desde navegadores hasta artículos de diarios, es una práctica habitual en los sectores de tecnología y medios de comunicación. La tendencia ahora llegó a las vacunas.

Las compañías farmacéuticas, que hace años que pierden la batalla de las relaciones públicas por los precios de los medicamentos para HIV/Sida en África, están ansiosas por no equivocarse con la gripe porcina.

Andrew Witty, CEO de GlaxoSmithKline (GSK), ofreció donar a la Organización Mundial de la Salud 50 millones de dosis de vacunas para la gripe porcina. Captó el ánimo del público: Margaret Chan, directora general de la OMS, pidió “solidaridad” con los países pobres en cuanto al virus de la gripe H1N1.

Witty y Chan obligaron a Daniel Vasella, CEO de Novartis, a defender la motivación comercial. Dijo a Financial Times que Novartis no quiere seguir el ejemplo de GSK regalando dosis de su planeada vacuna porque “si uno quiere tener una producción sostenible, hay que crear incentivos financieros”.

Vasella, que normalmente es el más experto en relaciones públicas, tomó una postura difícil, pero tiene razón. Es preferible cobrar poco a entregar gratuitamente las vacunas nuevas.

El debate sobre la vacuna para la gripe porcina es una señal de lo que vendrá, porque las vacunas han surgido como una de las áreas de innovación más prometedoras del sector. “Las vacunas pasaron a ser una verdadera fuente de futuras ganancias,” explicó Mark Pauly, profesor de gestión en salud en Wharton School.

La sequía de medicamentos tradicionales todavía genera problemas en los laboratorios, pero se han desarrollado vacunas contra la varicela, el rotavirus y el cáncer cervical.

Las vacunas ahora aportan hasta 20% de los ingresos de compañías como Merck y GSK, según Andy Pasternak, socio de Bain & Co. A los laboratorios también les gustan las vacunas porque tienen poco competencia de los genéricos: es mucho más difícil imitar una vacuna que un comprimido tradicional.

Pese al alza de los precios de las vacunas, las más nuevas pueden costar entre u$s 50 y u$s 100 por tratamiento, son beneficiosas para los proveedores de servicios de salud. Para los aseguradoras de salud o los gobiernos es más barato vacunar contra enfermedades que abastecer medicamentos y tratamiento para los brotes.

Si las farmacéuticas están ganando tanto dinero con las vacunas en el mundo desarrollado, ¿por qué no pueden regalarlas en los países en desarrollo para salvar vidas entre los pobres? Es una idea seductora, pero hay dos factores a tener en cuenta.

Primero, si los países en desarrollo no pagan las vacunas, se corre el riesgo de que los fabricantes de medicamentos dejen de producir suficientes.

Si bien a las empresas occidentales les disgusta tener que vender barato los medicamentos para HIV/Sida en África, podrían cubrir sus costos marginales a un precio muy bajo. La fabricación de vacunas requiere una intensiva inversión de capital y las pérdidas por donarlas se acumulan rápidamente. Demasiada “solidaridad” puede conducir a falta de producción.

Segundo, aunque tiene un beneficio donar por única vez vacunas contra pandemias de adultos como la gripe porcina, no tiene sentido que un país en desarrollo vacune niños un año con una entrega gratuita de medicinas si no puede luego continuar con el programa

Quizás las compañías farmacéuticas vieron la luz; quizás simplemente hayan aprendido una lección de relaciones públicas. Cualquiera sea la causa, los precios variables ofrecen la mejor esperanza para combinar la motivación comercial con el imperativo humanitario. La entrega gratuita de vacuna suena un enfoque más generoso, pero el costo oculto es demasiado elevado.

Fuente: Cronista.com
Imagen: Infobae

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