La ultrajante tiranÃa de la burocracia
Si usted pierde la sañud comprenderá por qué alguien pergeñó ese apotegma que postula que "si Kafka hubiese nacido en la Argentina, habría sido un escritor costumbrista”.
La odisea en primera persona y en clave irónica cuando se descubre que el sistema de salud en la Argentina no está diseñado para los enfermos sino sólo para los sanos, y que la ineficiencia cunde tanto en las sofisticadas y caras empresas privadas de medicina prepaga como en las instituciones públicas que deberían servir para servir en vez de humillar a los ancianos.
Al principio me pareció algo exagerado cuando mi amigo me contó que literalmente tuvo que secuestrar y huir por los pasillos con su otro amigo, recién operado y en silla de ruedas, de un hospital público porque una empleada, de cejas admonitorias y mirada almidonada, se negaba a extender el “alta” oficial porque en su pantalla de computadora aparecía que el paciente tenía obra social. De nada valieron los rezongos de mi amigo intentando convencerla de que hacía meses ya no la tenía y que, precisamente por eso, había acudido al hospital público, a donde no habría apelado si contase con alguna empresa privada de medicina prepaga.
La agria señora, remedando a aquel personaje de la empleada pública de Gasalla que desaforadamente gritaba “atrás, atrás” a la muchedumbre de desesperados, señalaba con el dedo índice la pantallita, que mi amigo no veía, como si se tratase del Sancta Santorum del papelerío y el obstáculo. Peor aún: reclamó a mi amigo, con gesto apocalíptico, con mirada de asesino serial, que buscara las pruebas de que el paciente carecía de obra social porque su pantallita decía lo contrario y si la pantallita decía eso nada pero nada en el mundo podía impedirle vetar el “alta”. Que se sepa, eso implica “invertir la carga de la prueba”, es decir, el sistema invocado por la pantallita fallaba pero mi amigo ¡era quien debía encontrar las pruebas del fallo!
Si creen que esta especie de ominosa aguafuerte porteña -¡alabado seas Roberto Arlt!- es un simple panfleto neoliberal (esquizofrénica definición con la que sus opositores bautizaron a los conservadores) en desmedro del Estado, se van a llevar un chasco. Ocurre que la ineficiencia, en la Argentina, no es patrimonio exclusivo y excluyente del Estado sino que algunas empresas privadas –en este caso, de medicina prepagas- se esfuerzan denodadamente y compiten por el podio con el Estado, consiguiendo, acaso por una desquiciada aplicación del retrógrado «benchmarking», el contradictorio premio a la mejor defenestración del capitalismo.
Les cuento: todo comenzó una tarde gris de sábado, cuando mi padre tuvo un accidente cerebro-vascular masivo, por el cual vine a descubrir el lado oscuro del sistema de salud en la Argentina (en realidad su denominación no miente: el sistema sólo sirve para la gente sana, no para los que se enferman). Durante tres semanas estuvo en el sanatorio de la más cara de las empresas de medicina prepaga pero la ausencia de un desenlace condujo a que se me “sugiriera” pasarlo a un establecimiento de “tercer nivel”, de la que ¡esa enorme compañía especializada carece!
¿Qué significaba esto? Que ellos están sólo para la etapa aguda de cualquier enfermedad pero nada más que para eso. Si el paciente no se muere o no se puede recuperar rápidamente, pasa a ser un paria total, incluso de los sistemas más caros. ¡Para colmo, hasta los directores médicos extorsionan a la familia con entregar documentación que ésta pide para presentar ante dependencias del Estado sólo si sacan al paciente del sanatorio! ¡Maravilloso!
¿Entonces? La doliente familia debe tener dinero suficiente o acudir al Estado, porque los sistemas privados de salud no se ocupan ni tampoco son regulados ni supervisados por nadie, excepto la Secretaría de Defensa del Consumidor (los intentos por regular esa actividad extrañamente fracasaron y en el Congreso Nacional nadie sabe nada: ¿¡qué raro, no!?). Aquí es cuando uno empieza a entender, finalmente, por qué Kafka, si hubiese nacido argentino, habría sido hermano de leche de Tato Bores-César Tiempo o Roberto Arlt.
Sin embargo, en medio de tanto festival burocrático, emergen módicos héroes cotidianos, como el Principal Marcelo Gentile, de la Comisaría 23º de la Policía Federal (esto ocurrió realmente en 2007), quien envió de inmediato (sí, ¡de inmediato!) a un oficial para realizar un trámite con un enfermo postrado en un sanatorio.
Ni Homero (no Simpson, claro) pudo haber imaginado una odisea como la de acudir al Anses o al Pami, donde montones de ancianos desconcertados vagan infinitamente por ventanillas donde los humillan o les dan información errónea y se hacinan estrujando durante horas un papelito con un número, que debería abrirles una puertita a alguna migaja de esperanza. Pettinato se haría un festín con los trámites y procedimientos que se deben cumplir para perder tanto tiempo y justificar así tantos empleados malhumorados.
La sonrisa de la burócrata del Pami debió haber sido de compasión pero, en realidad, le salió una de satisfacción, cuando hilvanó el sinnúmero de obstáculos insalvables, definitivos y absolutos para acceder a lo que se le pedía, empezando por una cartita de genuflexión y amor eterno dirigida a la Directora Ejecutiva de esa institución. “Uhhhh, no, eso es muuuuyyyy difícil,” se satisfacía. “Eso va a llevar muuuucccho tiempo,” casi se regodeaba. Y mientras la escuchaba me preguntaba dónde pensaría esa empleada que el paciente debería estar durante esa espera y si mi padre iba a sobrevivir esta vez a la burocracia tanto estatal como privada, después de haber aportado más de 30 años casi para nada. De paso, las paredes de Anses y Pami son el mejor chiste: están profusamente empapeladas con afiches sobre ¡¡la conveniencia de mudarse a la jubilación estatal!!
Pasándolo en limpio, las prepagas no tienen establecimientos para situaciones que superen los 15 días y el Estado no tiene lugar suficiente para tanta transferencia de pacientes poco rentables que le hacen las empresas privadas de medicina prepaga.
En tanto, en la más cara pero no más eficiente prepaga les lleva 6 horas realizar un “alta” (nadie en la familia debe trabajar ni hacer nada, salvo estar a disposición de esa burocracia privada a la que sus ejecutores esperan que los clientes rindan sumisa pleitesía) al cabo de las cuales, cuando finalmente llegan los camilleros de la ambulancia que demoró dos horas, exigen con toda displicencia que un familiar del paciente los acompañe en el vehículo. Como el reglamento de la empleada pública de Gasalla que tienen los camilleros dice eso (para protegerse de demandas por mala praxis), se niegan a realizar el traslado aunque el familiar del paciente pretenda seguirlos por sus propios medios, para así no dejar abandonado su rodado donde probablemente alguien se lo robe. (Supongo que dejarían a cualquier accidentado en la calle porque no tiene ningún familiar adosado al carné de afiliado). Es decir, los familiares de los pacientes deben estar a disposición de los litúrgicos reglamentos internos de las empresas a las que le pagan. ¡Curioso!
Por todo eso, mejor no se enferme, tome la sopa, no olvide la bufanda, aplíquese todas las vacunas que le recomienden y haga toda la vida sana que pueda… Enfermarse, se lo aseguro, es casi peor que morirse.
Fuente: MiradorNacional - Lic. Andrés R. Alcaraz